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Resumen

Santa Inquisicion

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Crucifijo puñal
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Exposicion Inquisicion Instrumentos de Tortura y Pena Capital

INQUISICIÓN

 

Instrumentos de Tortura y pena Capital

DESDE LA EDAD MEDIA HASTA EL SIGLO XIX

 

Es un grave error considerar como un único hecho histórico, una costumbre de tiempos pasados y de determinados lugares, un procedimiento codificado y racionalizado que los poderes seculares y eclesiásticos infligían según preceptos superados ahora a través de la evolución social, política y moral. Estas ilusiones reconfortantes adormecen la conciencia colectiva y entorpecen la vigilancia contra un peligro real y omnipresente, incluso entre nosotros. En realidad, la tortura no conoce épocas, no requiere procedimientos particulares, ni ambientes, ni medios especiales, y no deriva de la voluntad del poder, tanto secular como religioso. Hace sufrir a otras criaturas vivientes, y en especial a otros seres humanos, es una necesidad irresistible que parece innata en la mayoría de los seres humanos del sexo masculino –característica que los distingue de los animales feroces- y que cada uno satisface en diferentes medidas: desde el buen padre de familia que con malicia y astucia causa congoja, y a menudo sufrimientos peores, a su mujer e hijos, hasta el profesional de la tortura policíaca-política. No es la Santa Inquisición ni la justicia secular quienes generan los aplausos estáticos ante los espectáculos sobre el patíbulo, ni suscitan el delirio de las masas al olor de la carne quemada, ni cuando los cielos se desgarran por los alaridos y gritos que resuenan a través de los siglos. En realidad, la relación entre causa y efecto funcionan en sentido inverso: es la sed de sangre congénita y la capacidad del hombre de gozar con la agonía de sus semejantes, la que genera y perpetua estas estructuras sociales que caracterizan e institucionalizan los hechos físicos, la satisfacción que ansía y exige al subconsciente colectivo.

S6lo en base a esta consideración se puede colocar en su justa perspectiva la naturaleza y la historia de la tortura. Es evidente que a través del dolor lacerante se puede arrancar cualquier confesión, testimonio o conversión. El hereje mutilado en el banco del suplicio no no volverá al seno de la Santa Madre Iglesia, aunque así lo haya prometido in extremis. La confesión de un delito, arrancada con el potro, garantiza la incolumidad del auténtico culpable y, por consiguiente, no sólo aniquila cualquier pretensión de eficacia social de la ley, sino que incluso favorece la delincuencia. Esto lo han sabido siempre todos, el papa y el pobre, el rey y el reo, y cualquier pilar del poder; los intrépidos lo afirmaron, los filósofos lo escribieron, el buen sentido común lo afirmaba diariamente. ¿Por qué, entonces, la tortura, institución universal y eterna? Por una sola razón: porque procura deleite al torturador. La colectividad masculina, desde el emperador al siervo de la gleba, desde el cardenal al monaguillo, con pocas excepciones, se extasía consciente o inconscientemente, ante ejecuciones efectuadas con métodos tales que una mente sana rechaza solamente al ver las ilustraciones de la época.

Por esto, siempre ha habido apologistas de la tortura, doctos sabios que a través de los siglos han inventado, casi siempre en nom6re de Cristo, justificaciones jurídicas, morales y doctrinales. Muy pronto fue comprobado que un solo indicio de penitencia y de deseo de abrazar la verdadera fe, aunque fuese arrancado con el látigo y con la hoguera, salvaba el alma del hebreo, del hereje o del apóstata del infierno, de otra forma inevitable, e impedía a otros débiles de fe caer en el mismo peligro. Así, las grandes hogueras, en las que se quemaban vivos a decenas de malcreyentes, eran alegres fiestas con música, corte y danzas ceremoniales en las plazas, se llamaban -autos de fe-, es decir actos de fe, y se consideraban del agrado de la Virgen y de la Santísima Trinidad. Magistrados se complacían razonando que, en muchos casos, las confesiones de los delitos, arrancadas con la tortura, a continuación eran sostenidas por indicios externos; que las ejecuciones lentas y sangrientas servían de escarmiento (sobre esto se trata más adelante a propósito de la pena de muerte); que todos los condenados deberían sufrir algún grado de mutilación permanente, porque la reclusión en la cárcel no es suficiente. Pero cada apologista, en el fondo de su corazón, sabía la verdad... y gozaba.
Nuestras nociones convencionales de hi
storia no consideran casi nunca estas cosas. La escuela no habla de ello -al máximo algunos textos hacen alusiones, pero sin culpar a la Iglesia Católica, primera fuente y principal sostenedora de la tortura en Occidente. Alimentamos nuestras mentes con breves nociones del pasado, nociones desinfectadas y trucadas para el tranquilo consumo burgués televisión, cine, libros de texto, novelas históricas, pinturas, estampas y tradición oral todos nos sugieren escenas que se amalgaman en una imagen superficial, imperfecta y falsa. Pero no nos muestran jamás ese basalto eterno y ubicuo en el que todo se apoyaba, esa atmósfera, por llamarla de algún modo, que envolvía e! mundo y que incluso ahora continúa casi intacto: carne y huesos desgarrados, cortados y aserrados, quemados y heridos en innumerables cárceles y mas aún, en multitud de plazas de cada ciudad o aldea de la cristiandad; cadáveres putrefactos colgados por todas partes; la tierra a los pies de las murallas junto a la poterna de los pecadores, que era un pantano de sangre podrida y que en verano apestaba como los mataderos públicos, que es el auténtico olor de la historia.

EL AUTOR

Robert Held ex neoyorquino, vive en Toscana (Italia) desde 1961, pero con paréntesis frecuentes en Inglaterra y Alemania. Es el redactor jefe de la editorial bilingüe Qua dÁrno de Florencia, y autor de gran cantidad de estudios y li6ros so6re la historia de las armas de fuego, 1400-1875, en inglés e italiano. Ha aceptado escribir esta Guía porque su postura antitortura y anti-pena-de-muerte coincide con la de los organizadores de la exposición.

LA MUESTRA

Instrumentos Europeos de Tortura, de la Edad Media (Siglo XIX, está integra por más de 85 piezas, que pueden dividirse de la siguiente manera:

INSTRUMENTOS DE HUMILLACIÓN PÚBLICA

Con estos aparatos se castigaban infracciones menores y se exponía a las víctimas al escarnio de la multitud, que a! ver a alguien con tal artefacto, lo hacía objeto de ofensas físicas y verbales.

Entre los instrumentos que se presentan en esta muestra destacan las Máscaras Infamantes, que se imponían a quienes habían manifestado su descontento hacia el orden establecido, contra las convenciones vigentes. Pero tas víctimas preferidas eran aquellas mujeres que se rebelaban contra la esclavitud doméstica o los continuos embarazos, es decir, contra el despotismo de los hombres. Otro instrumento de humillación pública era el Cepo, con e! que se exponía en las plazas a la víctima con las manos y los pies aprisionados en las aberturas correspondientes. La chusma castigaba al delincuente golpeándolo, embadurnándolo con cuánto quisiera, o aplicándole cosquillas en manos y pies, cuando no mutilándolo.

Quienes blasfemaban o pronunciaban palabras soeces eran torturados con La Flauta del Alborotador cuyo collar de hierro se cerraba detrás del cuello de la víctima, colocando sus dedos - como los de un músico- bajo las muescas que eran apretados a voluntad del verdugo. Por su parte, los borrachos eran expuestos al público vituperio con la Picota en Tonel, que era de dos tipos: la cerrada en el fondo, dentro de la cual se colocaba a la víctima junto con orines y estiércol o simplemente con agua podrida; y las abiertas, para que la víctima caminara por las calles con La Picota a cuestas, con mucho dolor por el enorme peso de ésta.

LOS APARATOS PARA TORTURAR

Estos artefactos tenían como finalidad infligir un largo tormento, que no necesariamente debía culminar con la muerte de la persona, aunque a veces ello ocurriera por la severa infección de las heridas ocasionadas o como consecuencia lógica y natura! de la tortura.

Destaca entre estos instrumentos La Dama de Hierro, que consiste en un sarcófago de hierro en cuyas puertas se encuentran puntas afiladísimas que se ajustaban de manera movible para penetrar en los brazos, piernas y aquellas partes donde no causara heridas mortales a la víctima. El propósito era que el torturado resistiera varios días antes de morir.

La Cuna de judas también es digna de mencionarse, pues en algunas partes sigue utilizándose. Al torturado se le levantaba de pies y manos, para luego dejarlo caer sobre la punta de una pirámide, y ahí se le soltaba para que su peso reposara sobre el punto situado en el ano o en la vagina. El verdugo podía variar la presión poniéndole más peso al cuerpo, o sacudiendo a la víctima, siempre siguiendo indicaciones de los interrogadores.      

Un utensilio básico para el inquisidor era La Silla de Interrogatorio, cuya heredera tecnologizada es la silla eléctrica. Los pinchos de La Silla de Interrogatorio sobre la víctima desnuda producían un dolor inenarrable, incrementado por el verdugo que sacudía al interrogado o le aplicaba golpes en brazos y piernas, y cuando se quería hacer más cruel la pena, se solía calentar el asiento, que era de hierro.

No podemos dejar de destacar el ampliamente conocido Potro, cuya acción era el estiramiento o desmembramiento por medio de tensión longitudinal que se usó desde los tiempos de las antiguas Babilonia y Egipto, y que el conquistador utilizó en. América Central contra indígenas,

INSTRUMENTOS DE PENA CAPITAL

Su función única era la eliminación de la victima, generalmente después de un doloroso tormento. En esta categoría hay que ubicar a la Guillotina, inventada por el medico francés Joseph Ignace Guillotín, para conceder una muerte rápida e indolora a los condenados. Ello significó la igualación en la muerte de los hombres, sin importar su condición social. Bajo su cuchilla rodaron las cabezas lo mismo de presos comunes y plebeyos que de nobles. Con ello, la muerte fácil dejó de ser privilegio de los aristócratas.

Así, la guillotina es un símbolo de la igualdad, y de la Revolución Francesa.

De los instrumentos incluidos en. esta muestra, el garrote es el que se ha empleado públicamente hasta nuestros días. Existen dos versiones: “la española, en la cual el tornillo hace retroceder el collar de hierro, matando a la víctima por asfixia; y “la catalana“, en la cual un punzón de hierro penetra y rompe las vértebras cervicales al mismo tiempo que empuja todo el cuello hacía adelante, aplastando la tráquea contra el collar fijo, con lo cual la víctima perecía tanto por asfixia como por lenta destrucción de la medula espinal.

El Aplastacabezas es un aparato diabólico que todavía se usa de manera clandestina. El procedimiento consistía en colocar la barbilla de la víctima en la barra inferior, en tanto que el casquete era empujado hacia abajo por el tornillo. El final es predecible.

INSTRUMENTOS DE TORTURA CONTRA MUJERES

Decidimos hacer una categoría especial porque los archivos europeos demuestran que durante tres siglos y medio, alrededor del 85% de las víctimas de tortura y de muerte en la hoguera fueron mujeres. Acusadas de brujas o de diferentes crímenes se diseñaron aparatos para ser utilizados contra las féminas.

Pinzas y Tenazas, usadas en frío, pero casi siempre al rojo vivo, se destinaban para lacerar o arrancar pezones, pero según la creatividad del verdugo, también podía utilizarse para otras partes del cuerpo.

La Pera Oral, Rectal o Vaginal se introducía en tales partes del cuerpo, y allí se iba abriendo y desgarrando por medio de un tornillo. La parte del cuerpo afectada quedaba irremediablemente dañada pues las puntas que sobresalen del extremo servían para desgarrar mejor el fondo de la garganta, del recto, o del útero.

Respecto del Cinturón de Castidad existe la discusión de si es o no un instrumento de tortura. La respuesta es un sí rotundo, en virtud de que las mujeres debían colocárselo, no para salvaguardar su castidad en ausencia del esposo -como reza la creencia popular- sino para evitar la violación en épocas de acuartelamiento de soldados en las ciudades y durante estancias nocturnas en posada cuando viajaban. Si bien el cinturón se colocaba sólo durante períodos breves, ¿puede existir mayor humillación, mayor ultraje al cuerpo y al espíritu, impuesto por el temor del macho, por el temor de sufrir a causa de la agresividad masculina?

LISTA DE OBJETOS QUE SE EXPONEN

  1. El hacha y e tajo
  2. Las jaulas colgantes
  3. El potro en escalera
  4. La espada del verdugo
  5. La silla de interrogatorio
  6. El aplastapulgares
  7. Ablación de los pies con fuego                                                                                                                                 
  8. La rueda
  9. El suplicio del agua
  10. El aplastacabezas
  11. La rueda para despedazar
  12. La cuna de judas
  13. Garras de gato o cosquillador español
  14. Collar de púas punitivo
  15. La horquilla del hereje o pie de amigo
  16. La cigüeña o hija del basurero
  17. La pera oral, rectal o vaginal
  18. Pinzas o tenazas ardientes
  19. Arañas españolas
  20. El cepo o brete
  21. La sierra
  22. El potro
  23. Hierros ardientes para marcar
  24. Rompecráneos
  25. El garrote
  26. La mordaza o babero de hierro
  27. La tortura del gota a gota
  28. El cinturón de castidad
  29. Armas de carceleros
  30. La doncella de hierro de Nuremberg
  31. Quebranta rodillas
  32. El empalamiento
  33. El desollamiento
  34. Collar penal arrastrando un peso
  35. La garrucha o péndulo
  36. Crucifijo puñal
  37. Látigo para desollar
  38. Látigos de cadenas
  39. La lengua de cabra
  40. La cometa del obispo
  41. Cinturón de San Telmo
  42. El cilicio de pinchos
  43. Flauta del alborotador
  44. Máscaras infamantes
  45. El violón de las comadres
  46. La picota en tonel
  47. Collares para vagos y para renitentes a misa
  48. Collares para jugadores y fumadores
  49. La trenza de paja
  50. Cortar la lengua

 

Lector, si hallas algo que te ofenda en este modestísimo librito, no te maravilles, Porque Divino y no humano, es lo que no tiene falta.

 

De la portada de algunos libros toscanos de principios del siglo XVIL.